JESÚS, PASANDO DE NUEVO A NUESTRO LADO Y VIENDO NUESTRA VIDA, NOS LLAMA
«Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron».
Así como Jesús pasó por Galilea, vio a estos dos discípulos y los llamó, así también pasa hoy por nuestra Galilea: el lugar donde nos encontramos. También nos ve.
Su mirada es profunda; va más allá de lo exterior, ve lo que hay en nosotros.
A estos dos discípulos los buscó en el mar, pero a otros los busca en su oficina, en la montaña o en medio de la vida cotidiana.
El mar de Galilea, para estos discípulos, se convierte en una oportunidad, en un proyecto mucho más grande que el que realizaban cada día. Eran pescadores y Jesús les promete algo más grande:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
En lo cotidiano de cada día, Jesús hace fecunda nuestra vida cuando es compartida con Él.
Cualquier lugar, cualquier momento, puede convertirse en momento de gracia y de salvación si reconoces el paso del Señor. Pero este momento no es casualidad: Dios lo ha preparado delicadamente, porque sin duda puede ser para ti —y para muchos— un momento definitivo.
Este encuentro marcará un antes y un después en tu vida. Tu historia puede pasar, como la de tantos hombres y mujeres a lo largo del tiempo, del anonimato a la posteridad, quedando tu nombre escrito en el cielo.
Cristo cambiará tu destino, tu proyecto y tu rumbo; y desde una vida rutinaria y cotidiana te lanzará hacia horizontes insospechados, con una trascendencia infinita para toda la eternidad.
Es una pena no percibir esta llamada, contentándonos con un ideal más bajo, conformándonos con un proyecto caduco y terreno; frustrando así el proyecto de Dios sobre nuestra vida. Podríamos volar muy alto, pero nos quedamos en proyectos demasiado pequeños, que nos hacen vivir insatisfechos, sin alcanzar una felicidad más plena.
JESÚS FIJA SU MIRADA EN NOSOTROS
Su mirada no es como la de los demás hombres. No mira por curiosidad ni con un vistazo superficial que se detiene en las apariencias. Su mirada penetra en lo más profundo de nuestro ser.
Jesús, mirando nuestra vida, nos revela nuestro ser más profundo y nos hace descubrir, a la vez, nuestra verdadera identidad.
Su mirada nos seduce, nos cautiva para Él y nos introduce en una comunión íntima de amor. Después de ser mirado por Jesús, la persona es radicalmente otra, con un destino totalmente nuevo.
Jesús nos hace totalmente nuevos para Él.
Su mirada de elección tiene la fuerza de un conocimiento interpersonal, esponsalicio y comprometido, que vincula la vida del apóstol a la vida, la misión y el destino del Maestro.
Su mirada descentra mi atención de mí mismo, de las criaturas y de las añadiduras, atrayéndola y dejándola fija en Él.
NOS DIRIGE SU PALABRA
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
La elección divina no se queda en una relación interior, sino que se traduce en palabras de poder consagratorio.
Jesús, que ha “visto” eligiendo, ahora pronuncia su Palabra.
Su Palabra recreadora despierta en mí la capacidad de ser su oyente y su transmisor: aquel que es capaz de escuchar y de comunicar.
Acogiendo la vida, nos hace capaces de transmitirla.
El discípulo, acogiendo su Palabra y reconociéndola como salida de su Señor, se dispone no solo a oírla, sino a obedecerla.
«Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron».
Me llamas porque me amas; porque sabes que te necesito, que sin Ti no vivo. Esa llamada ya estaba dentro de mí: al crearme para Ti, a tu imagen, ya la sembraste.
Es la sed insaciable de todo hombre, que tu presencia y tu Palabra hacen revivir.
Tu soplo enciende las brasas de nuestro corazón, quizá escondidas bajo las cenizas de proyectos caducos.
Tu Palabra penetra hasta el corazón, devolviéndonos la dignidad, haciéndonos valer por lo que somos.
¡Te has enamorado de mí! Y te acercas a mí con el corazón en la mano, y me pides —¡me suplicas!— que te acepte como compañero de vida, como mi único amor y esposo.
VENID CONMIGO
Tuya es la iniciativa: no te hemos elegido nosotros, sino Tú a nosotros. La vocación es tuya.
Porque sabes que te necesito, pero también Tú me necesitas, y me dices: ven conmigo.
Me necesitas porque me amas y quieres contar conmigo; por eso te haces mendigo de mi amor.
A tu llamada buscas mi respuesta, mi total adhesión a tu vida y a tu destino, mi dedicación exclusiva y a tiempo completo a tu misión.
No solo me llamas a estar contigo, sino que me llamas también a colaborar en tu mismo proyecto de salvación.
OS HARÉ LLEGAR A SER PESCADORES DE HOMBRES
Para esta misión me siento incapaz, sin fuerzas, pero Tú me capacitas con la fuerza de tu Espíritu.
No temas: yo te haré llegar a realizar obras grandes, incluso mayores que las mías.
Cree en mí, confía en mí y no en tus propias fuerzas. Nada hay imposible para el que cree.
«Todo lo puedo en Aquel que me conforta».
Jesús quiere llevar mi vida a la máxima madurez en el amor, incluso más allá del hacer cosas.
Busca mi máxima realización en mi ser, en mi ser amor.
Yo te haré llegar a ser…
¡Cómo quisiera, Señor, reproducir para este mundo tus mayores pruebas de amor, para atraer a todos hacia Ti!
AL INSTANTE DEJARON LAS REDES Y LE SIGUIERON
Es la alegría inmensa de quien ha encontrado el tesoro de su vida y, cautivado, lo pone en el centro, dejando todo lo demás en segundo plano. Todo merece la pena ser cambiado para vivir, convivir y propagar el Amor.
Se trata de un cambio radical, de una determinación decidida. Seguirle no es algo externo, de mera presencia o de actividades hechas “por Él”, sino algo profundamente interior.
O le sigo con todo el corazón, o no le sigo. O le sigo en su intencionalidad y en la misión para la que fue enviado, o no comulgo realmente con Él.
Por eso, la misión de anunciar el Reino por la Palabra fue la tarea a la que los discípulos se consagraron, personalmente formados por Él.
Sin mirar atrás, ni a derecha ni a izquierda, fijaron sus ojos en Él, en Aquel que antes se fijó en ellos, y se lanzaron a seguirle para reproducir su vida y su misión.
«Vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes.
A continuación los llamó; dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de Él».
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