ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL
Mi Sembrador
Tengo que agradecer a mi Sembrador y Acompañante espiritual, Jesús de Nazaret, quien a lo largo de toda mi vida ha ido sembrando en mí la semilla de la vida eterna.
Esa semilla que, desde el bautismo, fue depositada en mi corazón y que se ha ido desarrollando a través de las distintas etapas de mi historia.
El Espíritu Santo ha trabajado pacientemente la tierra cada día, empapándola con una lluvia suave y constante que ha penetrado hasta lo más profundo de mi interior.
Así, la semilla fue creciendo poco a poco, hasta comenzar a dar su fruto.
Doy gracias también porque, a través de mi fundador, sembraste en mí la semilla de la Palabra, que desde hace 42 años se ha ido expandiendo en mi corazón.
Fuiste muy creativo, Señor, al sembrar en mí la semilla de mi vocación.
Tenía apenas 18 años cuando escuché por primera vez a mi fundador, durante una visita a las misioneras en el barrio El Salvador, en Medellín.
Recuerdo aquella casa con un patio grande, llena de jóvenes.
Allí, Jaime esparció la semilla, despertando en mí el deseo profundo de predicar la Palabra por el mundo entero.
Sentí una sana envidia: quería ser como ese sembrador enamorado de Cristo.
Fue la segunda llamada que experimenté de parte de mi Sembrador: ser sembradora de vida por todo el mundo.
El proceso de la semilla
Parte de esta semilla cayó en el camino de mis años juveniles: tiempos locos, inestables y superficiales. Tenía muchos deseos de hacer cosas, pero no comprendía lo que sucedía dentro de mi corazón. Vivía cambios constantes, como el clima: sol, lluvia, frío y calor.
En ese momento, la semilla fue arrancada de mi corazón. Me decía a mí misma: “Esto no es para mí”. Las aves del mundo se la llevaron: personas mayores que me decían que esas ideas no tenían nada que ver con mi vida, que debía pensar en mí, disfrutar, tener un enamorado, soñar con casarme.
Así, la semilla fue arrancada durante mi juventud.
Pero mi Sembrador no se rindió.
La semilla volvió a ser sembrada, y esta vez cayó en pedregal, como se llamaba mi barrio, donde viví mi infancia y parte de mi adolescencia.
Allí volvió a brotar con alegría. En una convivencia escuché nuevamente la llamada de Dios: “Serás luz del mundo”.
Yo respondí que sí, que quería cambiar el mundo, aunque mi vida fuera pequeña.
Sin embargo, mi poca perseverancia y la falta de raíces profundas hicieron que, ante las dificultades, la semilla se secara. Dejé la oración, que era lo que daba profundidad a mi vida.
Entre espinos
Más adelante, el Sembrador volvió a sembrar, y esta vez la semilla cayó entre espinos.
Fue una etapa marcada por el dolor: a mi cuñado, esposo de mi hermana mayor, le dispararon durante un robo.
Yo vivía con ella y, en medio del miedo y la angustia, me alejé de la comunidad.
Esa noche le hice una promesa a Dios: “Si mi cuñado muere, perderé la fe y no seré misionera”. En el fondo, intuía que había una llamada, pero estaba herida. Me quedé orando, acompañada por una vecina de 14 años que llegó con una vela encendida, y por mis sobrinos, que siendo niños quisieron orar conmigo.
A medianoche, mi hermana me llamó diciendo que a Héctor ya le habían dado los santos óleos y que preparáramos la casa para el funeral. Repetí con más fuerza mi promesa.
Milagro inesperado
Pero al día siguiente, al mediodía, mi hermana llegó feliz: Héctor se había recuperado y le darían de alta.
Fue un verdadero milagro.
Era diciembre.
En enero se realizarían unos ejercicios espirituales para las misioneras y, después, para jóvenes.
Yo ya estaba más metida en las cosas del mundo.
El 31 de diciembre me comprometí con un chico y decidí: “Entre Dios y el mundo, elijo el mundo”.
Mi hermana, al verme triste, me animó a ir a esos ejercicios. Yo me resistía, pero insistieron: ella, una misionera .
Fui sin saber que eran ejercicios vocacionales.
Durante esos días, mi fundador me habló como si supiera que tenía vocación.
Me preguntó qué quería estudiar y me dijo: “Podrías estudiar teología”.
Me pidió que compartiera con una misionera las luces que recibía en la oración.
La semilla volvió a ser sembrada.
Y esta vez, la tierra estaba preparada.
Tierra buena
Durante esos meses, mi Sembrador regaba la semilla cada noche en una capilla cercana a casa. Yo compartía con mis amigas lo enamorada que estaba de Jesús.
Tanto así que un día la abuela de una amiga gritó desde su habitación:
—¡Aquí no se viene a hablar de hombres!
Yo le expliqué que hablaba de Jesús de Nazaret. Ella sonrió, señaló el crucifijo y me dijo:
—Si es de ese, puedes hablar todos los días.
Un día, en la oración, escuché la Palabra:
“Abrahán, sal de tu tierra”.
Y comprendí que Dios me pedía lo mismo.
Tomé la decisión de salir de casa. Mi hermana se asustó, pensó que me pasaba algo o que me iba con algún chico.
Yo solo lloraba y le decía:
“Son cosas de Dios, yo tampoco lo entiendo”.
Recogí mis maletas y llegué a una convivencia sin saber a dónde ir ni qué hacer.
Dios me mostró que debía pasar un mes en casa de cada hermana, para desapegar mi corazón.
Así lo hice, hasta llegar al día de mis Ejercicios Espirituales, el mes de junio de 1983, nuevamente guiados por mi fundador.
El día libre, “libre pero con Jesús”, me quedé con Él todo el día. No desayuné, no almorcé, no merendé. Estaba profundamente feliz.
Una misionera me buscó preocupada; al escucharme, me explicó la importancia de avisar, porque ya pensaban en mí como parte de la comunidad.
Cuando me dijo: “Después de los ejercicios entrarías a la comunidad el 19 de Julio ”, mi alegría fue inmensa.
Al terminar los ejercicios , le dije a mi hermana:
—Me voy de misionera.
Ella respondió con naturalidad:
—Yo ya lo sabía.
Y despidiendome de todos el día 19 de Julio entramos 20 jóvenes y nos fuimos a vivir a una finca en Prado.
La semilla había germinado.
Había caído, por fin, en tierra buena.
Hoy Jesús me has ayudado mucho con la parábola del sembrador.
Poder hacer memoria del pasado recogiendolo en el presente actual desde las distintas etapas de la semilla que Tu mi sembrador sembraste en mi y como esa semilla fue madurando hasta dar fruto.
Como recuerdo esta canción la semilla que ahora da gracias al sembrador.
Ayer planté una semilla, bien regada la dejé.
Tal vez estará llorando por lo mal que la traté.
Tal vez estará diciendo:
“Me muero en la oscuridad.
Si yo he nacido a la vida,
¿Por que me habrán de enterrar? ¿Por qué andar en discusiones, si ahora no puede entender?.
Mañana, cuando sea un árbol,me lo sabrá agradecer.
La espera a veces es larga,Y Larga la oscuridad,hasta creemos a veces que sólo habrá oscuridad. Tal vez entonces comprenda que por su bien la enterré.
Que hay siempre una oscura noche para cada amanecer, La vida es un largo surco que hizo la mano de Dios.
Semillita sepultada,buscando la luz del!sol .
Y Hoy El sembrador de mi vida ha cuidado la semilla .
Han pasado 42 años y ha crecido de Maravilla.
Gracias a mi sembrador que tuvo compasion y con paciencia sembraba aunque aun no germinaba.
Hasta que llegó el momento de la espera y por fín brotó la semilla y era en tierra buena ,las manos del sembrador, siempre regó la semilla con su santa bendición Amén .LevJEP
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