lunes, 19 de enero de 2026

La vocación según la Sagrada Escritura


“La razón más alta de la dignidad humana está en su vocación a la comunicación con Dios. El hombre está invitado, desde que nace, a un coloquio con Dios…” (G.S. 19). Esto afirma la Constitución Gaudium et Spes del Vaticano II de todo hombre. 

Así pues, todos y cada uno de nosotros somos llamados a entrar en un diálogo con Dios, de modo que la vocación no es algo exclusivo de algunas personas sino de todo hombre. 

Toda la historia de salvación es la historia de ese diálogo, muchas veces interrumpido por el hombre y siempre reiniciado por Dios. Sorprende ver el insistente deseo de Dios de comunicarse con el hombre; toda vocación responde a ese deseo, una y otra vez sale al paso del hombre para rescatarle de un camino que solo conduce a la muerte. 

Por eso elige a un pueblo, el pueblo de Israel cuya razón de ser, su identidad más profunda en la que se reconoce, es su conciencia de ser un pueblo elegido por Dios. La elección y la llamada ponen al pueblo en una situación distinta a la de los demás, una forma de existencia aparte, estableciendo con él una alianza: Israel se siente llamado a “ser su pueblo” y tener a Dios como “su único Dios” (Ex 19,5-6). 

¿Qué significaba esto?

 En un primer momento quizá solo algo muy concreto y terrenal: la promesa de llegar a ser un pueblo numeroso, que triunfa de sus enemigos y vive felizmente asentado en una tierra “que mana leche y miel”.

  Pero toda llamada de Dios es para una misión; 

la vocación, que Israel vive en muchos momentos de su historia como un privilegio exclusivista, se va abriendo poco a poco a la comprensión de una misión implícita en esa llamada, una misión universal: llevar a todos los pueblos el conocimiento de Dios. 

Para ello Dios elige y llama a personas, a través de las cuales Él va conduciendo a Israel con la promesa de una salvación-liberación definitiva: Abrahán y los patriarcas, Moisés, los profetas… Dios llama porque quiere contar con el hombre para sus planes de salvación; pero su llamada siempre respeta la libertad: cada persona llamada es libre de aceptar o no la invitación de Dios. La vocación, que es siempre iniciativa divina, parte de una experiencia fuerte de encuentro con el Señor que se manifiesta y manifiesta sus planes; lo normal es que estos planes cambien radicalmente la vida y proyectos de la persona, lo que se pone de relieve en la Biblia con el hecho de que Dios a veces les cambia el nombre; un nuevo nombre acorde con la nueva misión encomendada: Abran se llamará Abrahán que significa “padre de multitudes” (Gn 17,5); la mujer de Abrahán, Saray, se llamará Sara “princesa”; al hijo de Abrahán y Sara Dios le da el nombre antes de nacer, será Isaac que significa “Dios ha sonreído” o “ha sido propicio”. Esto mismo vemos en el Nuevo Testamento, cuando Dios pone el nombre antes de nacer a Juan el Bautista y a Jesús. 

El primer gran relato de vocación en el Antiguo Testamento es el de Abrahán que será el padre del pueblo de Israel. Dios lo llama a salir de su tierra y a ponerse en camino sin ninguna seguridad, salvo su fe en la promesa divina de una descendencia numerosa y una tierra fértil donde asentarse (Gn 12,1-3); la respuesta de Abrahán es rápida y generosa: decide aceptar la invitación de Dios y comenzar un camino que le llevará a formar un pueblo en una tierra nueva; pueblo que sería el heredero de las promesas y canal de bendición para todas las naciones. Ni siquiera hay ninguna resistencia cuando Dios le pide sacrificar a su único hijo: sin entender nada, incluso cuando todo parece ilógico y absurdo siempre su respuesta sigue siendo la misma: “Heme aquí” (Gn 22,1). 

En otras ocasiones las personas a las que Dios llama se han atrevido a expresar todas sus resistencias, como Moisés. Dios le pide enfrentarse al Faraón y sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto; Moisés pone numerosas excusas (Ex. 3-4) y finalmente, no sabiendo ya qué objeción poner, pide directamente a Dios que envíe a otro (Ex. 4,13).

Los profetas son hombres llamados por Dios para transmitir al pueblo un mensaje en su nombre. Isaías, tras tener la experiencia de la grandeza y gloria de Dios en el templo, se ofrece él mismo para la misión: “Heme aquí, envíame” (Is 6,1-10). En cambio, Jeremías se resiste: “Mira que no sé hablar… que soy un muchacho” (Jr 1,4-10); y Jonás quiere escapar lejos y no escuchar más la voz del Señor (Jon 1,3).

La llamada de Dios cambia también la vida tranquila de Amós, enviado a denunciar con fuertes palabras el pecado de Israel y de otras naciones: “Yo no era profeta ni hijo de profeta, yo era pastor y cultivador de higos. Pero Yavé me tomó de detrás del rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel” (Am 7,14-15). Amós tiene que dar un mensaje muy impopular, pero obedece a pesar de los inconvenientes y las amenazas de que será objeto.

Para todos los llamados la vocación tiene que ver con tomar un camino un tanto desconocido en fe y esperanza. La respuesta a la llamada de Dios nunca es un camino visiblemente seguro: ante lo dificultoso de la tarea o ante las objeciones de los llamados, solo hay una respuesta por parte de Dios: “No temas. Yo estaré contigo”. No hay más garantía que la Palabra de Dios. Y es que las tareas encomendadas por Dios sobrepasan en mucho las posibilidades humanas del llamado; pero Dios lo sabe, conoce a cada persona, y solo le pide disponibilidad total, desprendimiento y una fe y confianza firmes e inquebrantables en Él.

Llegado el momento por Él fijado, Dios envía a su propio Hijo. Para este momento cumbre Dios llama a una mujer sencilla, de un pueblo desconocido, María de Nazaret. Ella, ante un desconcertante anuncio, se fía totalmente de Dios; su aceptación posibilita la encarnación del Hijo y el comienzo de una nueva etapa en las relaciones de Dios con el hombre: la nueva y definitiva alianza.

Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios, el cumplimiento de las promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento; es un nuevo comienzo, comienzo de una humanidad nueva, de un mundo nuevo… Su vida y su palabra son una invitación a seguirle y a acoger los valores que él propone; hay unas condiciones (Mc 8,34ss.) que no todos están dispuestos a cumplir, como el joven rico (Mc 10,17-22), o los invitados al banquete de la parábola (Mt 22,1-4). Pero otros aceptan; con una llamada más concreta Jesús escoge a doce apóstoles que le acompañan desde el principio (Mc 3,13); son personas del pueblo, no son de la clase sacerdotal, ni expertos en la Ley…, son gente corriente ocupada en sus faenas de cada día, que le siguen enseguida, pero que tardarán mucho tiempo en comprenderle. A estos los envía después de su resurrección a anunciar por todo el mundo lo que han visto y oído.

También san Pablo tiene una experiencia que cambia su vida totalmente, un encuentro con Cristo Resucitado que le envía a anunciarle a los gentiles; Pablo se define a sí mismo como “apóstol por vocación” (Rm 1,1). Y en sus cartas dice a los cristianos de sus comunidades que son “elegidos y llamados” por Dios en Cristo (1 Ts 2,12; Gal 1,6; Rm 1,6-7), llamados por medio del evangelio y destinados por Dios “a su reino y gloria” (1Tes 2,12); elegidos “en él antes de la fundación del mundo… para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1, 4-5). En su primera carta a los Corintios se refiere a los casados y a los célibes, considerando cada estado de vida como una forma distinta de vocación y aconsejando que cada uno “permanezca en el estado en que fue llamado” (1Co 7,24).

Las cartas de Pablo y las demás cartas católicas del Nuevo Testamento nos permiten ver cómo esas primeras comunidades cristianas se entienden a sí mismas como llamadas por Dios, “para heredar la bendición” (1Pe 3,9), convocadas para formar el nuevo pueblo de Dios para “anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable, vosotros que otro tiempo no erais pueblo y que ahora sois el pueblo de Dios” (1Pe 2,9-10). Una vocación y elección que hay que ratificar mediante una vida acorde con el evangelio (2Pe 1, 5-10).

En ese nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, también Dios elige y llama a personas concretas para desempeñar diversas misiones: apóstoles, profetas, maestros, presbíteros responsables de las comunidades… san Pablo habla de dones o carismas “para provecho común” (1Co 12,7), “para edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef 4,12).

A lo largo de la historia de la Iglesia Dios ha seguido y sigue llamando. Numerosos hombres y mujeres han escuchado esta llamada y han respondido: santos conocidos, mártires, doctores, fundadores de nuevas comunidades…, y tantos santos anónimos que desde sus vidas sencillas han sido testigos de Cristo, transmisores de su amor y su palabra, y han contribuido a transformar este mundo un poco más en el mundo soñado por Dios. 

Cada uno de nosotros somos llamados a colaborar en esa tarea, cada uno tenemos una misión concreta, desde los talentos y capacidades que Dios nos ha regalado. Y Dios espera de nosotros hoy esa respuesta generosa y confiada como la de nuestra Madre, sabiendo que Él no nos defraudará nunca: cuenta conmigo, hágase en mí como tú quieras.

  1. Reflexiones de Jaime sobre la vocación 

En el mes de ejercicios espirituales en Siete Aguas, en abril de 1980, Jaime desarrolló una rica reflexión sobre la vocación, de la que hemos extraído algunos parágrafos significativos: 

«La formación se dirige a que la persona misionera se forme, se eduque, promocione y se perfeccione en función de la vocación a que ha sido llamada. Todo para la persona y la persona para Jesús (9-4-1980).

La mejor garantía de vocación, lo que da más paz y seguridad en el paso dado en pos de Jesús, es que no es decisión mía, ni de hombre alguno, no procede de carne ni de sangre. La iniciativa, la causa, el móvil de tal idea, no vienen de mi ni la desperté yo. No fue una corazonada mía, intuición o descubrimiento feliz fruto de mi pericia, coraje o afán de aventuras (10-4-80).

Tengo que iniciar mi respuesta, mi vocación desde donde estoy. Porque es Jesús quien me elige. Por eso mismo me puede elegir, me puede dirigir la vocación, la llamada, desde cualquier situación mía. “Porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1,37). Así, llama desde la oración y desde el pecado, desde la humildad y desde el orgullo, desde la mentira y desde la sinceridad, al sabio y al ignorante, al virtuoso y al vicioso, al hombre de buen corazón y al malo, perverso y ladrón. A su llamada puedo responder desde cualquier situación contando siempre con su gracia, que esta me basta y no falta. La gracia es su luz y su fuerza, van anejas a la llamada. Yo sin Él no puedo nada con respecto a mi vocación. Ni que Jesús es el señor puedo pronunciar si el Espíritu (1 Co12,8) (11-4-80).

Se iniciará la vocación cuando inicie el seguimiento de Jesús solo, a solas. Yo empiezo el seguimiento de Jesús cuando empiezo a gustar de Él. Esta comida desacostumbrada, insólita para mi corazón, tendrá que llegar a ser mi única comida. Hasta que como Pablo no viva ya de otro alimento. Y mi vivir sea Cristo (Flp 1,21) (11-4-80).

Mientras no se empiece a vivirla y practicarla, con toda la mente, corazón y fuerzas, la vocación no se conoce y por lo mismo uno no la puede estimar ni amarla. No se ama lo que no se conoce. Y va uno enfriándose en la vocación, apartándose, hasta olvidarse, despreciarla y aborrecerla en la misma medida en que uno deja de vivirla o no se entrega con lealtad y radicalidad a ella. En este campo de la vocación, el que no la ama, pronto la odia y el que no se pone a su favor, pronto está en contra de ella (12-4-80).

La vocación va siendo de parte del sujeto a medida que se va haciendo. La vocación se va conociendo, gustando, se la va queriendo y enamorándose de ella, a medida que se la vive y se avanza y profundiza en ella. Y es imposible que se viva si no se convive puesto que es vocación a dar Vida: “daréis fruto”. Justo es vida eterna (cf. Rm 6, 22). Y esta se va garantizando, asegurando la vocación a medida de la sinceridad, rectitud, juego limpio y radicalidad con que se vive y se practica. Pues la vocación particular, concreta, de tal o cual forma de vida, no es más que una forma de concretar y personalizar la vocación al seguimiento de Jesús. De tal manera que, si no se va realizando esta forma concreta, muy difícilmente sigue a Jesús en concreto y al no seguir a Jesús tampoco le conoce ni ama (No se deja amar, llamar por Él). (12-4-80).

La vocación, en efecto, no es algo que se viva ocultamente y que se esconda, algo que el sujeto pretenda vivir en su interior, desconectado del exterior, sería una ruptura y división del propio sujeto y un error o falso discípulo de Jesús, puesto que Jesús nos elige para que seamos discípulos suyos, testigos, signos y podernos enviar al mundo como el Padre le envió (Juan 20 ,21): ¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así os envío yo”. De tal forma que Jesús considera imposible que uno viva interiormente sin que se manifieste al exterior. Por esto dice que la luz no se puede esconder…(12-4-80).

La vocación llegará a ser para mi algo constitutivo de todo mi ser, vivir y actuar. El móvil de mis acciones internas y externas, la razón de mi existir personal y concreto; ya que la vocación es Cristo que condiciona, acapara y da todo el sentido y plenitud a mi vida de forma real, concreta, personal (13-4-80).

La vocación es fundamental y primariamente convivencia con Jesús y si no, no sería seguimiento de Cristo. Y esta convivencia con Cristo y en Cristo es convivencia igualmente con el Padre y el Espíritu con la asistencia de Nuestra Madre, la Virgen. Para que tal convivencia se dé, de verdad, y no sea una mera presencia corporal, como cuerpo presente, sino algo consciente, querido y celebrado, debe de ser aceptado por mí y responder con amor a Dios en Jesús, que me pide, me llama para tal convivencia. Si alguien me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada (Jn 14,23). Y en el versículo 21 anterior dice: “al que me ama, le amará mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21) (13-4-80).

La vocación pues es una llamada a vivir. Pero a vivir una vida que me viene directamente de Jesús, la vida misma de Dios en Cristo. De ahí que la vocación es convivencia con Dios o no es nada. Estaría en un error vital y pronto se sentiría frustrada la persona que no diera justo acceso a esta vida de Dios. Pues la vocación no es llamada a otra cosa que a la convivencia viva con Dios. Tal convivencia no es más que la participación de la misma vida de las Tres Personas Divinas. De este Dios que es esencialmente Amor, el Amor por esencia. Se comprende que esta convivencia a la que me llaman a participar y que es afectiva y efectiva, tiene capacidad y el deseo de conferirme esta capacidad de diálogo, actitud dialogante con Dios, de hacerme teólogo, seguidor de Dios en Jesús y como Jesús, Dios y hombre, con todo mi ser. Así pues, toda mi persona debe de entrar en coloquio vivo con Dios en Jesús si quiero seguir realmente a Jesús y que mi vocación sea efectiva en mí (13-4-80).

Esta elección de Jesús, la vocación, es una invitación a gustar del Amor de Dios, “gustad y ved cuán bueno es Dios” (Sal 34,8). Es Dios mismo quien quiere compartir con los hombres toda su riqueza, que es el mismo Dios que se quiere dar. Y este darse de Dios, es Vida, es la Vida eterna. Mas el don de Dios, dice Pablo, es la vía eterna con Cristo Jesús, Señor Nuestro (Ro 6,23) (13-4-80).

La fecundidad y eficacia de la vocación, su enraizamiento para un progresivo desarrollo hacia la perfección, dependen de la acogida que yo le dé. De las disposiciones y actitud de la tierra de mi corazón dependerá el que germine y vaya dando prontamente los frutos proporcionados a la llamada, cuidados y atención, mirada permanente de Jesús, si yo le miro a Él como Él me mira. Si yo acojo el amor con que me ama, si yo le sigo, con la radicalidad e ilusión con que Él me sigue y a sol y sombra se hace el encontradizo (14-4-80).

No me conviene endurecer el oído haciéndome el desentendido al llamado de Jesús a la vocación que no cesa de llamar. Endurecer significa perder la sensibilidad, perder reflejos, agilidad, prontitud, ductilidad, arte, facilidad y alegría, atletismo, entusiasmo, vigor, vitalidad (14-4-80). 

Seguir a Jesús crea y recrea sensibilidad, atención, agudeza y finura de oído. Capacita y adiestra para distinguir la llamada y orientarse desde cualquier situación y contratiempo. Sin pérdida de tiempo, sin confusiones ni dudas, sin demoras ni revoloteos inútiles de personas y cosas, capta uno la onda y establece rápido contacto, cuando cada día se va haciendo a la llamada, a la vocación de Jesús, que no cesa de llamar y dirigirme la mirada con amor (14-4-80).

Realizar, vivir la vocación es precisamente lo que está al alcance de todos, puesto que la vida, la existencia de la persona es para la vocación y no la vocación para la vida (14-4-80).

En la mente de Dios está la vocación a la que acepta toda la persona y circunstancias que acompañan en su vivir y morir. Todo coopera a la vocación. “Sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman, para bien de los que han sido llamados según un designio… conoció, predestinó, llamó… justificó, glorificó (Ro 8,28) (14-4-80).

El que no avanza en la vocación, retrocede; el que no gana terreno, lo pierde. A la mirada de Jesús, acompaña el amor. “Mirándole fijamente le amó”. Este amor de Jesús con que envuelve la vocación, la fecunda, y enriquece con toda clase de bienes, lo colma de bienes. Cada llamada, en efecto, implica una llamada múltiple y una repercusión a proporción del amor infinito de Dios, que irrumpe en la vocación, persona llamada, con el Espíritu Santo que se derrama y difunde en la medida que la vocación se abre a sus dones y frutos. En cierta manera la persona se encuentra desbordada por la invasión de todo un Dios que le envuelve y rodea por “detrás y por delante” y avance por donde avance, allí esta Dios. Algo así como Moisés ante la zarza ardiendo o como en la espesa nube del Sinaí, como Pablo a veces, como el Tabor o como la misteriosa oscuridad del Calvario, en la que se palpaba la fuerza del crucificado, la presencia de la Divinidad. Una impresión nueva, como es igual, invade a la persona, así a menudo desconcertada, como las personas de los casos de la Escritura igual que los discípulos de Jesús en sus apariciones después de la resurrección (14-4-80).

Jesús quiere revelarse, manifestarse… “Yo me manifestaré a él” (Juan 14) La persona que así se encuentra ante el misterio, como la Virgen, ante el anuncio o vocación, puede intimidarse, evadirse, cerrarse, o abrirse y entregarse por la fe como María. Otros sí descubren la grandeza de la vocación y no se fijan en el poder de Dios, “que nada es imposible para Dios”, lo consideran imposible, utopía, sueño. De estos, se proyecta una gama más o menos o menos a más de resistencia, demora, rechazo, desprecio por no creer, y apoyarse en sus fuerzas; Zacarías e Isabel, Moisés y los profetas y caudillos de Israel, Ananías con san Pablo, Abraham y Sara, Moisés y el agua de la roca. Y en este caso al parecer todos los grandes sacrificios de Moisés, por dudar de Dios, le impide el remate de la vocación… (14-4-80).

Porque más que hacer cosas y hacer hacer cosas, es dejarse llenar de Dios, ser transformados por Jesús y en Jesús por su amor gozado, saboreado en un convite, convivencia amorosa. La vocación se debe de seguir día a día. El no practicarla, vivirla, seria perderla, como el talento que no rinde y no da fruto, que hace calificar de inicuo e infiel por parte del Señor, al administrador. Somos administradores de la vocación que implica la vocación cristiana de muchos (14-4-80).

A la llamada de Jesús, en su seguimiento, yo debo de responder con la fe, no con la razón, por entender lo que me dicen; es a lo que me llaman, no por entender la vocación. La vocación la iré entendiendo, convenciendo, a medida que la viva por la fe, a medida que crea. Yo respondo por la fe, con la fe por entender Quién me llama. Y entonces creo, me adhiero a Él, le acojo no según mi inteligencia, razón, fuerza, ilusión, o amor, sino “según su palabra”, según sus designios, según sus pensamientos, saber, poder y amor. “Conforme a tu palabra concédele (a la Iglesia) la paz y la unidad”, decimos antes de la comunión, en la Eucaristía todos los días. “No mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia.” Creo por la autoridad del que se dirige a mí. Como creo, relativamente, al médico, al maestro, al abogado, etc. etc., cada cual en su terreno. A Jesús en todos los terrenos y en forma absoluta y definitiva, eterna. Porque Tú lo sabes todo, y sabes que te amo, le dice Pedro después de haberle negado, fiándose más de sí mismo que de Él. “Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan sus caminos a los nuestros y sus pensamientos a los nuestros” (Is 55,9). La única respuesta lógica, a cuanto me indique Jesús, yo creo que es Dios, es un sí. Por eso, se nos dice: “el justo vivirá por la fe” (Hab 2,4). Y un sí más de obras, que de palabras. La puerta, pues, por la que yo entro en el seguimiento de Jesús, es la fe. Así en el Bautismo y en la hora de la muerte: “la vela”, y corro, avanzo en la vocación por un camino de fe. Todo otro sistema, método, móvil, es inseguro, probablemente falso. La fe, mi fe en Jesús, establece la verdad, sinceridad en la vocación, y la eficacia, realización de la vocación. “Feliz tú porque has creído”, le dice Isabel a María, después que ambas recibieron la llamada de Dios. No aceptada en igual decisión. “Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1 45) (15-4-80).

Quiere para mí, fiesta, convite, filiación, herencia. Y me llama en su seguimiento, seguimiento de toda mi persona en diálogo, cena en la que todo Jesús se me entrega, en comida de Amor. La vocación a participar y compartir en gozo (24-4-80).

Seguir a Jesús. ¿Cómo te puedo seguir, Jesús, si no te dirijo a Ti la mirada al inicio de mi jornada? ¿Cómo podré vivir mi vocación en tu seguimiento, si no me pongo en camino hacia Ti, cuando me levanto para emprender el camino? ¿Cómo podrías Tú ser para mí el Camino, la Verdad y la Vida, si mi mente, mi corazón y mis pies y manos emprenden otra ruta fuera de Ti? ¿En qué consistiría, entonces, mi seguimiento? ¿La respuesta a mi vocación? ¿Cómo te seguiría, Jesús, si tu persona no aparece ante mis ojos y no te saluda mi corazón y no se detiene ante Ti todo mi ser? ¿Qué significaría un seguimiento sin Ti? ¿Qué sería una vocación sin oírte, encontrarte y responderte? ¿Qué sería un día sin seguirte a Ti personalmente, dejando que mis ojos den contigo y que mi corazón perciba el fuego ardiente de tu corazón y el amor que te mueve a venir a mi encuentro? 

Sí, muy de mañana, al canto de las estrellas aún muy de noche, en busca de Ti, solo de Ti, por donde te perdí muy cerca de mí. Madre, un sí es rio para todos. Comporta vida, abre camino. Me pone en contacto con el fruto de tu sí, Madre. Me descubre a Jesús. Me pone en diálogo con Él. Un sí introduce rápido a la amistad. Es un dar paso al amor, abrirle la puerta, aceptar la invitación, sentarme a la mesa. Comeremos todos juntos, en el convite de Vida. Los cojos, los paralíticos, los inválidos, inútiles, los perdidos y marginados, los que a sí mismos se dan asco y el mirarse les produce náuseas. Todos a la mesa, invitados a la cena. Me senté junto a ti, Madre, como furtivamente me colé y entré. Como escondido junto a ti. Como si tu presencia, tu amor y prestigio, me disimulara y atentos a ti todos, pasare yo desapercibido junto a ti. Como algo a ti anejo, como un hijo idiota o contrahecho al que la Madre ama y no le deja de su mano y de su corazón. Y nadie toma a mal tal cuidado, atención constante y mimo. Así pude gustar la cena. Quizás con más saboreo que otros porque, como a escondidas, inmerecidamente, Tú me conseguías el bocado; que te toleraban todos hasta con cierta simpatía por tu amor y ternura frente a mi invalidez e incapacidad casi total. Así pude gustar de la cena más allá de lo normal. Perdiste mucho tiempo conmigo, invertiste mucho amor. No te vi muchas más cosas que disgustos que tú disimulaste siempre con gusto y sabor de Madre. Cuando me enseñabas a propagar el amor que me caía de mis manos inválidas de paralitico crónico sin denotar mejoría. Cuando me ibas prodigando caricias y calor de Madre ante mis desprecios y rechazos de hijo groseramente caprichoso, indómito y provocativamente cruel. Más que a hijo de tus entrañas, me parecía a un feto informe como un monstruo degenerado. Solo tu amor paciente logró reservar del aborto y la cloaca lo que repugnaba mirar y acoger. Lo que no era, pudo ser por Ti. Lo informe y hasta deforme pudo tomar forma al calor siempre vivo de tus entrañas que jamás me rechazaron. Antes bien, me acogieron, revistieron y gestaron con toda su sangre y calor del corazón. a pesar de mi amor aún no ajustado al tuyo, siento en mi algo tuyo, que te pertenece, que no puedo vender ni echar en cualquier parte. Algo vivo que me invita a volver y a ponerme muy junto a ti en la cena. Sin ser para los demás un motivo de vergüenza o de lástima. Quisiera, junto a ti, hacer fuego con tu mirar limpio, con tu pensar dilatado, con tu amor profundo y extenso, con tu silencio que grita calor de Madre (26-4-80).

En realidad, la respuesta a la vocación conlleva todo un cambio radical de todo mi existir y vivir, hasta cambiar mi propia esencia, dejar de ser yo, llegar a ser otro, como el pan de esta patena, como el vino de esta copa (27-4-1980)

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