Un Reino que no se divide
1.La misión que Jesús realiza es, para muchos, signo de un Dios providente, bueno y misericordioso.
Sin embargo, para otros, sus acciones no pueden venir de Dios y lo juzgan como un hombre poseído por Satanás.
Ante este juicio tan duro, Jesús no se queda en silencio. Los llama y les hace comprender que un reino dividido no puede subsistir, que una familia dividida tampoco puede mantenerse en pie.
"Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus bienes si antes no lo ata; solo entonces podrá saquear la casa."
Jesús continúa con palabras que estremecen:
«Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos los pecados y todas las blasfemias; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón».
Son palabras fuertes, exigentes, que revelan la gravedad de cerrar el corazón a la acción de Dios.
Atreverse a emitir un juicio así sobre Jesús es algo que solo unos pocos se permitieron en su tiempo… y quizá también en el nuestro.
2. Sin embargo, somos muchos los que damos testimonio de una vida vivida en comunión, en hogar, en familia, cuando Tú estás presente en nuestra historia.
Reconocemos que todas tus acciones son fruto de un Dios providente y misericordioso.
Las acusaciones contra Jesús revelan una profunda ceguera interior, una división del corazón. Solo el Reino de Dios puede traer verdadera unidad y firmeza.
El Señor nos invita a discernir por los frutos, a no juzgar a la ligera y a dejarnos guiar por el Espíritu Santo.
Rechazarlo es cerrarse al perdón y a la verdad.
Hoy nos llamas a cuidar la unidad en nuestras familias y comunidades, a evitar juicios apresurados y a colaborar con el Espíritu en obras de paz, consuelo y reconciliación.
Cuando Tú, Jesús, reinas, el mal pierde fuerza y la casa se transforma en un verdadero hogar de misericordia.
3. Reflexión a la luz del Papa Francisco
El mundo de hoy me empuja a vivir toda mi vida en un plano simplemente natural. El «más allá» ha pasado a ser, para muchos, una idea absurda reservada a unos pocos. En otros casos, se lo reemplaza por explicaciones ligadas al movimiento de las estrellas, la alineación de los planetas o supuestas energías que vagan por el universo.
La visión sobrenatural de la vida tiene poco espacio en el mundo actual.
Sin embargo, en el Evangelio de hoy me invitas a mirar mi vida y todo lo que en ella sucede con una visión sobrenatural. Una mirada que va más allá de las leyes de la física, de las fórmulas químicas o de los cálculos matemáticos. Una visión que verdaderamente va más allá de estrellas, planetas y energías siderales.
Esto mismo les sucedía a los fariseos de tu tiempo. Al verte expulsar demonios y no encontrar una explicación dentro de sus esquemas, se quedaban en una mirada puramente natural.
Peor aún: a una acción divina le atribuyen un origen diabólico. Incapaces de comprender, terminan empañando lo sagrado con superstición.
Tu respuesta derrumba todos sus razonamientos y me deja una enseñanza fundamental:
aprender a descubrir tu mano providente actuando en mi vida, guiándome siempre hacia el bien. Todo lo que sucede lo permites para que yo crezca, madure, me forme, te conozca más y mejor y, finalmente, llegue a Ti y te ame.
Hoy no me hablas de suerte ni de superstición, sino de Providencia. Una Providencia guiada por el amor, que actúa de manera concreta en mi día a día.
¿Cómo he percibido esta Providencia en mi vida?
Señor, dame la gracia de descubrir tu mano en las cosas sencillas y cotidianas.
Que no crea que todo sucede de manera casual, automática o sin sentido, sino que aprenda a reconocer tu acción amorosa en cada paso de mi historia.
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