sábado, 24 de enero de 2026

Jesús cura al hombre de la mano paralizada Mc.3,1-6


«Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.


Me llama la atención que casi todas las curaciones que Jesús realiza son en día sábado, un día que, según la Ley, estaba prohibido para realizar cualquier trabajo, pues era día de reposo. Curar, para los fariseos, era considerado un trabajo que violaba la Ley; solo estaba permitido si la vida de la persona corría peligro y se trataba de una verdadera urgencia.

Con estas acciones, Jesús provocaba controversia frente a la Ley y daba ocasión para que lo acusaran, como en este caso concreto al curar a un hombre con la mano paralizada.

¿Por qué, Jesús, curas en sábado sabiendo que estaba prohibido?

¿No tenías miedo de ser juzgado?

“Lo estaban observando para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.”

Entiendo, Jesús, que curabas en sábado porque también querías enseñarnos que el día de reposo fue hecho para el hombre y no el hombre para el día de reposo; que es lícito hacer el bien y salvar una vida. Para Ti era más importante y más justo salvar una vida que someterse a estrictas tradiciones humanas sobre el trabajo, tradiciones que impedían la misericordia y el alivio del sufrimiento humano.

Qué distinto es contemplar tus acciones con un corazón necesitado, que valora toda obra buena, a observar solo para juzgar y condenar.

Tú, libre de todas las miradas humanas, pones por encima de la ley al hombre necesitado y lo colocas en el centro.

“Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada:

‘Levántate y ponte ahí en medio’.

Y a ellos les pregunta:

‘¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal?, ¿salvar una vida o dejarla morir?’”.

Yo te respondería que hacer el bien y salvar la vida, porque en esta acción tuya estabas salvando el alma más que restableciendo el brazo.

Ellos callaban.

¿Y por qué callaban?

Seguramente porque sabían que era una acción buena, pero seguían aferrados a sus tradiciones, convencidos de que estabas violando la Ley.

Pero Tú, Jesús, dueño del sábado, con tus acciones glorificabas al Padre a través del cuidado de las personas y no limitando la compasión por una ley impuesta.

Por eso, echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de sus corazones, dices al hombre:

“Extiende la mano”.

La extendió y su mano quedó restablecida.

Este hombre se sintió valorado, amado y mirado con misericordia.

Y se fue salvado.

En cambio, los que observaban desde fuera se fueron furiosos,

con el corazón paralizado.

En cuanto salieron, se pusieron de acuerdo para acabar contigo.

Para Ti, Jesús, es más importante la persona humana.

Con estas curaciones afirmas la voluntad del Padre, que es misericordia y vida, y nos revelas tu identidad como el Mesías que vino a curarnos y salvarnos.

Y hoy continúas la misma tarea de obrar en nosotros. Ojalá podamos expresarte todas nuestras necesidades, personales y también las de las personas que conocemos, que no solo tienen paralizadas las manos, sino también el corazón, incapaz de amar, perdonar o reconciliarse. Esta obra buena solo puedes hacerla Tú si te lo pedimos.

Jesús, hoy entras de nuevo en nuestra vida y nos miras con verdad y misericordia. Tú conoces nuestras parálisis, las visibles y las que nadie ve.

Danos un corazón sensible y valiente, que sepa discernir el bien y hacerlo, incluso cuando la costumbre aprieta.

Tócame con tu compasión, enséñame a extender la mano hacia Ti y hacia los hermanos, y a poner la ley al servicio del amor.

Gracias por revelarnos el corazón del Padre, que quiere la vida.

Gracias, Jesús, por ponernos en el centro cuando nos estás curando, mostrándonos que el verdadero criterio es el amor.

Tu mirada, llena de dolor y firmeza, constata la dureza del corazón ante la fragilidad humana y nos abre un camino de misericordia.

Ayúdanos, Jesús, a entender que seguirte a Ti es, ante todo, amar.

Hoy nos llamas a poner en el centro a los más frágiles, a los necesitados de Ti, a aquellos que no te conocen y por eso no acuden a Ti.

Que a través de nuestra vida podamos hacer visible esta cadena de amor:

una mano alzada hacia Ti, Jesús,

y la otra extendida hacia el hermano,

acercándolos a Ti.


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