EL BAUTISMO DE JESÚS
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»
Jesús ha querido iniciar la vida pública con el bautismo en el Jordán,se solidariza con toda la humanidad y abre para nosotros un camino nuevo.
El Bautismo de Jesús nos recuerda que también nosotros, en nuestro bautismo, fuimos sumergidos en su vida nueva y hechos hijos amados del Padre.
Vivir nuestro bautismo significa dejar que el Espíritu Santo nos transforme en testigos de la misericordia y servidores de la esperanza en la familia, la comunidad y el mundo.
Llamados a vivir reconciliados, escuchar la Palabra, y ejercer la caridad concreta de cada día amando a las personas más cercanas.
Cada vez que elegimos amar, los cielos se abren sobre nuestras Galileas. Que la voz del Padre sostenga nuestra fidelidad cotidiana.
Oración del Papa Francisco
Hoy es un día especial para agradecerte el don de mi bautismo. Es un regalo que muchas veces no me detengo a considerar y, sin embargo, es una de las mayores gracias que como cristiano me has dado.
Son muchos los regalos que vienen incluidos en este don del bautismo. Me hace hijo tuyo, miembro de tu Iglesia, me limpia de mis pecados y me hace heredero del cielo.
Gracias, Señor, porque por el bautismo me has hecho tu hijo. Dame la gracia de sentirme sanamente orgulloso de esta realidad.
¡Soy hijo de Dios! ¡Soy un bautizado!El bautismo es una gracia particular que me concedes y que depende de mí, en cierta medida, acrecentarla y fructificarla.
El bautismo va más allá de un simple hecho.
Es el inicio de una vida. Tú has querido iniciar tu vida pública con el bautismo en el Jordán. Así también mi vida, desde el bautismo, es una vida de entrega, de gracia, de lucha, de amor.
En mi bautismo, al igual que en el tuyo, el Espíritu Santo bajó del cielo e hizo de mi alma una morada.
Soy templo vivo del Espíritu Santo. Ello me debe llevar en este día, Señor, a meditar en qué tanto escucho y dejo actuar el Espíritu Santo en mi vida.
Dame la gracia, Señor, de ser siempre dócil a tu voz que me guía y busca sin descanso lo mejor para mi vida.
«¿Somos conscientes de este gran don? ¡Todos somos hijos de Dios! ¿Recordamos que en el Bautismo hemos recibido el “sello” de nuestro Padre celestial y nos hemos convertido en sus hijos?
Dicho de un modo sencillo: llevamos el apellido de Dios, nuestro apellido es Dios, porque somos hijos de Dios.
¡Aquí está la raíz de la vocación a la santidad!
Y los santos que hoy recordamos son precisamente quienes han vivido en la gracia de su Bautismo, han conservado íntegro el «sello», comportándose como hijos de Dios, tratando de imitar a Jesús; y ahora han alcanzado la meta, porque finalmente “ven a Dios así como Él es”».(Ángelus del papa Francisco
Experiencia de renovar mi Bautismo en el Jordán
Como recuerdo, mi experiencia en el Jordán, donde renovamos nuestro bautismo, me permitió tomar mayor conciencia de esta vida nueva que Tú nos das por medio del Espíritu Santo. Experimenté la voz del Padre que me dice:
“Tú eres mi hija amada, en quien me complazco”.
Y pude recordar esos momentos en los que Tú también fuiste al Jordán y te hiciste bautizar, sin tener pecado alguno.
Te hice muchas preguntas:
¿Por qué te haces bautizar, Jesús? ¿Acaso sentías necesidad de conversión? ¿Eras consciente en ese momento de que Tú eras Dios y el Salvador? ¿Juan Bautista sabía que Tú estabas ahí, en la fila de los pecadores, que eras el Mesías al que esperaban?
Ante estas preguntas me hiciste entender que era necesario que Juan te bautizara, aunque no tuvieras pecado alguno (cf. 2 Cor 5,21).
Por amor a nosotros era necesario salvarnos haciéndote uno como nosotros.
Tú, Jesús, te pones en la fila de los pecadores porque vas en busca de los que necesitan ser salvados: del pobre, del pecador, de aquellos que en el fondo necesitan a Dios, necesitan y desean un cambio de vida.
Por todos los que anhelan el Reino Te colocas en la fila de los pecadores, no por aparentar, sino porque nos asumes, cargas en Ti los pecados de toda la humanidad, mis pecados.
El pecado más grande es la soberbia: no necesitar a Dios, creerse limpio, no tener pecado; en una palabra, no tener nada de qué confesarse. Es la ceguera de un corazón oscuro al que le falta la luz.
Y Tú, sin tener pecado, te pones en la fila de todos los necesitados de conversión.
“Soy yo el que necesita que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí?” —le dice Juan a Jesús—.
Pero Tú le respondes que es necesario para cumplir la voluntad del Padre.
Obedeces, aunque imagino las miradas de los fariseos y maestros de la Ley al verte allí, dejándote lavar y bautizar por Juan.
"Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y una vez bautizado, escuchas la voz del Padre: Este es mi Hijo amado, mi elegido”.
Confirmando tu identidad de Hijo, siendo Tú el Hijo único al que estamos llamados a imitar.
Gracias, Jesús, porque allí nos estabas redimiendo, estabas limpiando el corazón humano y devolviéndonos nuestra auténtica identidad de hijos amados por el Padre.
Gracias por asumir nuestra condición humana: pecadora y frágil.
Esto supuso para Ti un acto de libertad muy fuerte y de profunda humildad; optas por el extremo de la humillación, por ser mal visto ante los ojos humanos.
Es una opción de amor al Padre y al hombre. No te escandalizas; nos conduces con cariño y amor a la auténtica fuente de la salvación.
Todos esos años en Nazaret no fueron tiempos perdidos.
Has visto mucho: te has encontrado con el sufrimiento humano, has vivido la injusticia, la marginación, el desprecio; has visto la omnipotencia humana y la soberbia de sentirse puros.
"Jesús interiorizó la cultura de su pueblo y los acontecimientos que afectaban a su nación; experimentó el trabajo, las relaciones humanas, el sufrimiento y la opresión. Todo esto debías conocerlo; por eso tus palabras tenían peso, autoridad y verdad, que aún hoy encontramos en ellas." (Nota de la Biblia)
Gracias porque eres Buena Noticia para todos aquellos que en la sociedad no cuentan, para quienes se sienten despreciados y desechados por el mundo actual.
Hoy Tú sigues teniendo una puerta abierta para todos ellos: la puerta de la reconciliación.
Gracias, Jesús, por tu infinita misericordia, porque nos haces sentir amados por el Padre.
Tus criterios no son los nuestros, tus caminos no son los nuestros, pero yo quiero caminar contigo para otros: camino de humildad, de reconciliación y de misericordia.
Gracias porque te consagras para que nosotros también nos consagremos.
Gracias por elegirme para que, a través de mi vida, muchos recobren su identidad de hijos.
En Ti veo un corazón totalmente humilde, y a mí me gustaría tener tu mismo corazón.
Deseo vivir todo lo que Tú quieras para mí, vivir con gozo y con una actitud profundamente agradecida en el lugar donde estoy, con las personas con las que convivo, en el apostolado que me das, en el tipo de oración que realizo.
“Dame lo que quieras, Señor: pobreza o riqueza, consolación o desolación”.
Que de mí no salga ni una queja, Señor, sino una profunda gratitud. Aprender a buscar siempre lo más humilde.
No te pediría oprobios ni humillaciones, pero sí te pido la capacidad de vivirlas con paz cuando lleguen. Solo se es humilde cuando, en la humillación, se ama sin amargura ni resentimiento.Y es en los momentos de conflicto cuando más se debe amar y reconocer que el problema no está en el otro ni en las situaciones externas, sino en cómo vivo yo las cosas, en cómo las recibo.
Esto solo es posible cuando Tú nos enseñas a vivir nuestra identidad de hijos amados y a experimentar, como Tú, la voz del Padre que nos dice:
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
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