a maquinar sus prisas;
y miramos el mundo.
Comienza un nuevo día.
Comienzan las preguntas,
la intensidad, la vida;
se cruzan los horarios.
Qué red, qué algarabía.
Mas tú, Señor, ahora
eres calma infinita.
Todo el tiempo está en ti
como en una gavilla.
Rezamos, te alabamos,
porque existes, avisas;
porque anoche en el aire
tus astros se movían.
Y ahora toda la luz
se posó en nuestra orilla. Amén.
Mil años para ti son como un día, un ayer, un momento de la noche.
Tú los siembras, cada cual a su turno, y al amanecer despunta la hierba;
en la mañana viene la flor y se abre y en la tarde se marchita y se seca.
El tiempo de nuestros años es de setenta, y de ochenta si somos robustos.
Transcurren muy pronto y nos llevan volando.
Enséñanos lo que valen nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato.
Cólmanos de tus favores
por la mañana, que tengamos siempre risa y alegría
Haz que nuestra alegría dure en medio de la prueba y los años en que vivimos.
Muestra tu acción a tus servidores y a sus hijos, tu esplendor.
Que la dulzura del Señor nos cubra y que él confirme la obra de nuestras manos.
Salmos 90, 4-17
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