LA MISION ES FRUTO DE LA FE
VIERNES · Ciclo A · Feria
VIVIR EN LA FE
Ga 3, 7-13 • Los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán el fiel.
Hermanos: Reconoced que hijos de Abrahán son los de la fe.
En efecto, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia de que "por ti serán benditas todas las naciones".
Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán el fiel.
En cambio, cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición, porque está escrito:
"Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el libro de la ley, cumpliéndolo".
Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente, pues
"el justo por la fe vivirá"; en cambio, la ley no procede de la fe, sino que "quien los cumpla vivirá por ellos".
Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, porque está escrito:
"Maldito todo el que cuelga de un madero"; y esto, para que la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús, y para que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu.
La promesa del Señor es Su alianza
Sal 110, 1-6
El Señor recuerda siempre su alianza.
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
Esplendor y belleza son su obra,
su justicia dura por siempre.
Ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.
Él da alimento a los que lo temen
recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.
Jesús modelo de fe
Lc 11, 15-26 • Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice:
"Volveré a mi casa de donde salí".
Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí.
Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».
Comentario al Evangelio
San Macario de Egipto, monje (s. IV) •
Ser «casa» de Dios.
«Su casa, somos nosotros» (Heb 3, 6).
El Señor entra en un alma fervorosa, hace de ella su trono de gloria, se asienta en ella y allí permanece. Esta mansión que habita su Señor es toda ella gracia, orden y belleza, así como el alma con quien y en quien el Señor permanece no es toda ella orden y belleza. Ella posee al Señor y todos sus tesoros espirituales. Él es el morador, es el jefe.
Pero ¡que horrible es la mansión en la que el amo está ausente, en la que el Señor está lejos! Se deteriora, se hace ruinas, se llena de suciedad y desorden. Llega a ser, según una palabra del profeta, un escondrijo de serpientes y demonios (Is 34, 14). La casa abandonada la llenan gatos, perros, desperdicios. Y ¡que desdichada es el alma que no puede levantarse de su caída funesta, que se deja arrastrar llegando a odiar a su esposo y arrancar de su pensamiento a Jesucristo!
Pero cuando el Señor ve que se recoge, y día y noche busca a su Señor, le llama de tal manera invitándola: «Orad sin parar», entonces «Dios le hará justicia» (Lc 18, 1.7) –lo ha prometido- y la purificará de toda maldad. Será para él «una esposa sin mancha ni arruga» (Ef 5, 27). Cree en su promesa; es verdad.
Mira bien si tu alma ha encontrado la luz que iluminará sus pasos y el alimento y bebida verdaderas que son el Señor.
¿Todavía te faltan? Busca noche y día, las encontrarás.
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