El sembrador de la Palabra de Dios en los cinco continentes
Testimonio vocacional en el centenario de Jaime Bonet Bonet
Quisiera agradecer, en este centenario del nacimiento de nuestro fundador, Jaime Bonet Bonet, a quien tuve el regalo de conocer hace más de cuarenta y dos años de vida misionera.
La celebración de los cien años de vida de Jaime Bonet evoca en mi corazón el pasaje del libro del Génesis (15,5), en el que Dios promete a Abraham una descendencia más numerosa que las estrellas del cielo y las arenas del mar. Contemplando la vida y la misión de nuestro fundador, es inevitable reconocer en ella una fecundidad espiritual que se ha extendido por generaciones y que continuará dando fruto en la historia de la Iglesia.
Tuve la gracia de conocer a Jaime Bonet siendo muy joven, en el año 1979, en el barrio El Salvador de Medellín, Colombia. Nos encontrábamos reunidos un grupo de jóvenes en la casa de las misioneras cuando nos lo presentaron. Aquella fue la primera vez que escuché la voz de un fundador que nos invitaba a entregar la vida a Jesús y a anunciar su Palabra en los cinco continentes.
Yo tenía entonces 18 años. Recuerdo que escuchaba con emoción aquella llamada a la misión y pensaba para mis adentros:
“¡Qué hermoso para quienes puedan recorrer el mundo anunciando el Evangelio!”
En aquel momento no comprendía plenamente el alcance de sus palabras, pero sí percibía con claridad algo que marcó profundamente mi corazón: estaba ante un hombre profundamente enamorado de Cristo.
Mientras escuchaba la proclamación de la Palabra, sentí que aquella semilla de la Palabra de Dios despertaba dentro de mí el deseo de ir por todo el mundo anunciándola. Era como si Jesús mismo estuviera sembrando en el corazón de todos los jóvenes que nos encontrábamos allí.
En mi interior surgía un deseo silencioso:
“Me encantaría… pero esto no es para mí”.
Sin embargo, aquella pequeña semilla había comenzado ya su misterioso camino de crecimiento.
Con el paso de los años fui invitada a participar en unos ejercicios espirituales. Allí me encontré nuevamente con nuestro fundador, que predicaba aquellos quince días de retiro en completo silencio. Eran ejercicios vocacionales, aunque yo entonces no lo sabía.
Al concluir los ejercicios me pidieron que hablara con él. Recuerdo con gratitud cómo me acogió con una sonrisa serena y paternal. Con sencillez me preguntó cómo me encontraba. Yo, muy tímida y de pocas palabras, solo acerté a decir que deseaba conocer a Jesús.
Su respuesta fue inmediata y llena de entusiasmo. Me dijo que sí, que podía estudiar teología y dar a conocer a Jesús por todo el mundo. En ese momento no comprendía plenamente lo que aquellas palabras significaban, pero sí comprendí algo esencial: el sembrador de la Palabra estaba sembrando nuevamente en mi vida una llamada a la consagración total a Jesús.
Aquella semilla siguió creciendo. Más adelante participé en unos ejercicios espirituales de mes con las misioneras del Verbum Dei. Durante aquellos días, escuchando nuevamente a Jaime Bonet —apóstol de la Palabra y testigo apasionado de Cristo— hablar de la entrega total de la vida al Señor y de la misión de anunciar el Evangelio por todo el mundo, mi corazón pudo responder con un “sí” definitivo.
El 19 de julio de 1983 di un paso decisivo al entrar en la comunidad Verbum Dei.
Desde entonces puedo reconocer con claridad cómo aquella semilla inicial fue siendo regada y fortalecida a través de la predicación constante de la Palabra. Año tras año, especialmente en los ejercicios espirituales de mes, la enseñanza de nuestro fundador alimentaba y hacía crecer la vocación recibida.
Por eso me gusta contemplar la figura de Jaime Bonet como el sembrador de la Palabra de Dios, aquel que ha esparcido la semilla del Evangelio por los cinco continentes, alcanzando incluso el rincón donde yo me encontraba, en Medellín.
Más adelante, en el tiempo de formación, fui enviada a estudiar a Alcalá de Henares. Allí experimenté nuevamente su presencia formadora a través de pautas de oración, escuelas de formación y encuentros comunitarios.
De modo particular recuerdo el tiempo de preparación para nuestros votos perpetuos. Durante seis meses, junto con Anita Moranta, nos acompañó explicándonos las constituciones, el carisma y el sentido profundo de nuestra consagración en el Verbum Dei.
Tras ese tiempo de preparación, un grupo de misioneras procedentes de distintos continentes tuvimos la gracia de realizar nuestros votos perpetuos, después de un mes de ejercicios espirituales predicados por nuestro fundador en Siete Aguas, Valencia, España, en el año 1988.
Puedo decir que en cada etapa de mi vida —la del primer encuentro, la de la formación y la de la misión— experimenté la cercanía del sembrador de la Palabra.
Durante los años de misión en Latinoamérica, Jaime continuó acompañándonos, predicando ejercicios espirituales y dialogando con nosotros sobre la vivencia del carisma.
Conservo también recuerdos sencillos pero profundamente significativos, como aquel campamento en Siete Aguas con un grupo de jóvenes. Le pedimos si podía dirigirse a ellos y, con la disponibilidad que siempre le caracterizaba, subió hasta el albergue para encontrarse con ellos. Con su entusiasmo habitual les habló de Jesús y supo encender en sus corazones el deseo de conocerlo más y de anunciar la Palabra de Dios.
En aquellos años Jaime ya vivía en el poblado de Siete Aguas y el paso del tiempo iba limitando sus fuerzas. Sin embargo, continuaba siendo fiel al carisma recibido: oración, predicación de la Palabra y testimonio de vida.
Era frecuente verlo orando ante el Sagrario en la capilla del Pesebre, o predicando en la Eucaristía y en los ejercicios espirituales. Recuerdo especialmente el año 2003, cuando, a pesar de la etapa que estaba viviendo, seguía siendo el sembrador de la Palabra, alentándonos siempre a vivir con profundidad nuestra consagración.
Al contemplar mi propia historia vocacional puedo reconocer tres etapas profundamente marcadas por su presencia: el primer encuentro, la etapa de formación y la etapa apostólica.
Por ello, al celebrar los cien años de vida de Jaime Bonet Bonet, doy gracias a Dios por el don de su vida y por la fecundidad espiritual que ha suscitado en la Iglesia. Su vida nos recuerda que quien siembra la Palabra con fidelidad y pasión permite que Dios mismo haga crecer la semilla en innumerables corazones.
Entre esas semillas, con profunda gratitud, reconozco también la mía.
Gracias, Jaime.
Luisa Elena Vélez Henao
Misionera Verbum Dei
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