Si existes hazme feliz
5. Entonces tomé en mi mano un crucifijo bastante grande que
tenía cerca1
. Era la primera vez que lo hacía con algo de
interés. Lo besé. Ante este Cristo, marcado de llagas y sangre,
roto, medio deshecho y digo: «¿Qué le voy a pedir?» Pues yo
tenía siempre una respuesta cuando me preguntaban qué
quería ser de mayor. Yo decía, «cualquier cosa menos cura o
fraile».
Entonces, yo pensé que ya solo faltaba que me pidiera esto.
Para prevenirlo, yo le voy a pedir otra cosa: «¡Si existes, dame
una felicidad mayor!» Porque yo estaba bien, con mis estudios,
el deporte, etc. ¡Le seguía mirando muy fijamente, muy serio!
Le dije: «Si existes, hazme feliz». Y esperé la respuesta. ¡Me
dio tal alegría! Una alegría para mí desconocida, pero tan
entusiasmante, que yo no podía aguantar tanta belleza y me
dije: «Bueno, puede ser algo psicológico, algo sintomático».
Pero me fue en aumento.
Quisiera ser como Tú
6. Poco después, al ver al Cristo destrozado le digo: «¿Qué te ha
pasado?» No tenía figura, aspecto, era como un Cristo leproso,
monstruoso, como si allí recobrara el movimiento de sus venas
y la vida, y hablaba como ser vivo.
¿Qué te ha pasado? Y Él me respondió en mi corazón: «Has
pasado tú». Y yo le dije: «Tienes razón, porque llevo 14 años y
1 En un primer momento, Jaime está en su habitación y toma un Cristo ante
el cual ora y experimenta su primer encuentro vivo y personal. 8
no te he dicho nada, ni palabra, y Tú
me has dado esta vida. Si yo hubiera
pasado un día sin saludar a mi padre
y a mi madre hubiera sido un disgusto
y llevo 14 años sin decirte nada. Te he
destrozado, te he despreciado; como
si hubiera pasado una apisonadora
por encima».
Entonces le dije: «Mi vida es tuya. Mi
vida es tuya». Le añadí: «Quisiera ser
como Tú; por Ti hacer lo que Tú has
hecho por mí. ¡Quisiera quedarme
leproso! Me voy a una leprosería,
porque Tú has cargado con mi
pecado, con mi lepra y yo quiero ser leproso por Ti y por mis
hermanos… Quisiera darte la misma prueba de amor. Tengo
que devolverte este Amor». Por eso, ¡claro!, mi primera ilusión
fue: «Me voy a una leprosería. Y si me contagio de la lepra por
ayudar a los hermanos, seré feliz».
¿Cómo te pagaré todo el bien que me has hecho?
7. Y bien decidido, sin pensarlo más, al momento, como estaba
yo estudiando con los Hermanos de La Salle pregunté a uno de
ellos: «Hermano, ¿usted me daría una geografía de
leproserías?». «Sí, nosotros tenemos muchas y hay Hermanos
en ellas, ¿te interesa?». «Sí, sí». Y cuando la leí, digo: «¡Qué
cantidad de leprosos! ¡Dios mío!».
Entonces, le dije (a Jesús): «Yo quiero quedar como Tú. Tú has
cargado con mi maldición, yo quiero cargar con la maldición de
los otros, pues, Tú estás en ellos y dándome a ellos, me doy a
Ti». El crucifijo me remitía a una leprosería, y ser leproso, con
la ilusión de ser leproso por ellos2
.
2 Jaime estuvo en una leprosería por primera vez en Manila, Filipinas, en el
año 1981. Después del viaje comentó: “Yo nunca había visto aquello. Muchos
años después, pude verlos en persona al vivo. Cuando asistí a una de
aquellas leproserías de cinco mil hombres sin aspecto ni figura,
abandonados, ¡leprosos!, que me recordaban mi primera experiencia cuando
me encontré con el Crucifijo muerto por mí”. 9
Me dio la impresión de que se me
cayera encima. Lo vi muy abandonado,
enfermo, postrado sobre mí para
tomarme, al mismo tiempo que me
decía, con gran confianza: «En tus
manos está mi destino…»3
.
«¿Cómo pagaré yo a Dios todo el bien
que me ha hecho?”» (Sal 116,12). Fue
lo primero que se me ocurrió a mí decir
a los catorce años: «¿Puedo yo pagar
tanto bien, tanto perdón, tanto amor de
Dios? Me ilusiona quedar como Tú en
la cruz, sin figura. ¡Me encantaría! Te lo quiero pagar. ¡Te lo
quiero pagar!».
Antiguos amigos
8. Después tocaron para ir a la Capilla4
, y al ver el Sagrario, aqu